Primeros puertos de la Bahía de Alicante (Siglos IV A.C. a III D.C.)


Situada en la costa sureste de España, nuestra ciudad se encuentra en el fondo de una bahía que tiene 19.300 metros de abra por 6.700 metros de seno, estando limitada al Norte por el Cabo  de la Huerta (antes del Alcodre) y por el Sur por el de Santa Pola (antes del Aljibe), por lo que está bastante abrigada de los temporales más frecuentes de Levante y componente Sur.

También hay que tener muy en cuenta la fácil defensa desde las alturas que nos protegen, como demuestra la historia de nuestro monte Benacantil, así como el monte de San Julián (Serra Grossa), con restos de la Edad del Bronce y, más a la derecha, el Tossal de Manises,  donde aparecieron vestigios, griegos, cartagineses y romanos.

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La Albufereta (Akra Leuka)                                                                              

En los albores de la navegación mediterránea, las naturales ventajas de abrigo y defensa favorables en nuestra bahía fueron captadas por fenicios y griegos, reconocidos por su aguda visión marinera. No se sabe la época exacta en que se inicia el comercio, sí que en el siglo IV a. de J.C. había allí un pequeño emporio griego del que procede el nombre, Akra Leuka (Eminencia blanca) en alusión a los cerros calizos que dominan la costa, como nuestro Benacantil y el robusto macizo calcáreo de la Serra Grossa.

Fig. 2 Cerámica de barco fenicio

Cerámica de barco fenicio

En época griega, nos encontramos con parte de la huerta alicantina extendida sobre un terreno llano, con la citada excepción del Monte Tossal y sus 37 metros sobre el mar. En La Albufereta hubo no solo una, sino cuatro o más ciudades desde el siglo III a. de Cristo. Entre estos dos altos desaguaban las corrientes pluviales de los barrancos de Orgegia, Tángel y Juncaret, así como de los manantiales que brotaban por entonces en las raíces orientales de la sierra de San Julián. Todas estas corrientes convergían en un cauce que iba a desembocar sobre una larga faja de terreno cenagoso lindante con las huertas de la que toma el nombre la actualmente conocida como  Albufereta de Alicante.

La Albufereta de Alicante (siglo I DC)

La Albufereta de Alicante (siglo I DC)

Estudios, documentos y excavaciones

En el Congreso Internacional de Historia de España celebrado en Barcelona en 1929, Francisco Figuera Pacheco (1880-1960), Cronista Oficial de Alicante desde 1909, planteó la cuestión sobre el emplazamiento de Akra Leuka, así como sobre el Tossal de Manises. Figueras Pacheco recibió el apoyo de eminentes científicos de la época, como P. Chabás, Fernández Guerra, Hübner y Pierre Paris.

Para dilucidar estas cuestiones, se le encargó a la Comisión Provincial de Monumentos el proyecto de excavar el Tossal de Manises en busca de restos de una antigua urbe. Los trabajos se concentraron en el área colindante a la colina de la Albufereta dirigidas por Figueras Pacheco durante los años 1934 a 36.

En el transcurso de estas obras, Figueras Pacheco verificó, recorriendo los aledaños del Tossal y estudiando las particularidades de la Albufereta, que el almarjal allí situado debió cumplir tres requisitos básicos: primero, haber sido en algún tiempo una superficie total y constantemente cubierta de agua; haber estado en comunicación directa con el mar cuando la fuerza de las avenidas barría las arenas de la playa – como registró en su Crónica manuscrita el deán Bendicho en la primera mitad del s. XVII) – y haber tenido calado suficiente para ser recorrida de extremo a extremo por barcos mayores que las galeotas.

Y si ocurría esto en la primera mitad del siglo XVII, es fácil imaginar que estas circunstancias debieron estar presentes tiempo atrás, cuando el lecho de la Albufereta aún no había recibido los lastres de dos mil años. En las excavaciones bajo los escombros de la margen oriental se encontraron trozos de madera que los técnicos en el Museo Naval de Madrid reconocieron como pertenecientes a embarcaciones de la Edad Antigua, cartaginesas probablemente.

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No obstante, los técnicos al cargo de la investigación consideraron que el carácter portuario de la Albufereta debía ser previamente contrastado por una autoridad cualificada en materias portuarias. Esta oportunidad se le presentó a Francisco Figueras Pacheco en 1946 durante el Congreso Arqueológico del Sudeste de España. En el curso de este congreso, el arqueólogo alicantino coincidió con D. Juan Jáuregui y Gil Delgado, reputado marino, arqueólogo especializado en cuestiones  navales y en ingeniería portuaria, Jefe del Apostadero de Cartagena y Comandante del crucero “Canarias. Invitado por Figueras, tuvo la gentileza de personarse en Alicante y reconocer personalmente el lecho de la Albufereta y los vestigios de las obras antiguas que aún orlaban sus orillas, con sumo detalle en compañía del profesor de arqueología de la Universidad de Zaragoza Don Antonio Beltrán Martínez.

El resultado de este reconocimiento supuso la corroboración definitiva de la hipótesis de Figueras Pacheco sobre el uso portuario de la Albufereta, que el Sr. Jáuregui ratificó, así como la existencia de un puerto interior, su trazado y los restos de los diques de contención y de los muelles de atraque con que lo completaron los romanos.

Fruto de los resultados de la investigación, uno de los descubrimientos más interesantes es,  no tanto la abundancia de restos de ajuares diseminados en derredor del almarjal, sino que dichas construcciones se encontraran precisamente a uno y otro lado del mismo, marcando las orillas de su lecho primitivo. El único sentido lógico de que estas construcciones se encontraran bordeando el lodazal no era otro que marcar sus límites e impedir el desbordamiento de la laguna sobre la huerta y poblaciones cercanas.

Topografía

Veamos la forma y dimensiones del vaso del antiguo puerto interior de la Albufereta:  “El eje del cauce describe un zigzag a modo de una N muy abierta, cuyo último trazo, o sea, el que llega a la playa, es el más largo de los tres que la integran. Este y el que arranca del Mollet van de N.O. a S.E.; mientras que el del centro se orienta de N.E. a S.O.

La longitud total del recorrido se aproxima a los 300 metros, reduciéndose un tanto a sus efectos útiles, dada la nulidad práctica del calado que debió quedar ante la obra que limita septentrionalmente el estuario. La anchura apreciable de éste se acerca a los 40 metros en la entrada del puerto, pasando apenas de los 30 en el resto de la obra, si bien es más que probable que anteriormente a la edificación de los muelles,  fuera sensiblemente mayor.

El Mollet

En palabras de la inspección de Juan Jauregui, “la obra mejor conservada de todas las del lugar que llegó completa hasta nosotros fue la que limita el lodazal por el Norte. Hasta que los técnicos confirmaron la interpretación portuaria de la Albufereta y señalaron el destino que debió tener, no nos atrevimos a dar como segura la remota antigüedad de la obra y el oficio que tuvo en relación con el puerto. Es un macizo de cantería, de 1,80 metros de ancho aproximadamente,” “formado por dos hiladas de sillares de piedra, perfectamente careados y unidos entre sí los de cada hilada, por encajes de cola de milano.

El mollet de la Albufereta

El mollet de la Albufereta

No cabe duda que toda esta obra, tanto por su importancia como por la perfección de su ejecución, debió obedecer a una determinada finalidad y ésta la vemos bien clara al observar que junto al cantil del Mollet se encuentran vestigios de un camino romano que lo cruza paralelo a él, con una anchura apreciable.

“La importancia de la fábrica nos puede dar idea de la que tal camino tenía, y es lógico que así fuese pues sin duda sirvió para unir la población del Tossal de Manises y sus aledaños, con la enclavada en la orilla opuesta de la Albufereta”. El destino de la obra fue, por tanto, constituir una defensa del camino y un dique de contención para que éste no fuese arrastrado por la corriente de las avenidas, desviándolos a uno y otro lado para evitar que la ría se abnegase de escorrentías y redujera su calado.

Esto obligaba a pensar en la existencia de un medio que, sin perjuicio del camino, condujese a las aguas para darles salida, mientas que los muelles del indudable puerto de la Albufereta habían, por fuerza, de encontrarse en otro lugar.

Ese lugar fue hallado tras el descubrimiento posterior de los restos de unos muelles de atraque a uno y otro lado de la Albufereta. No hay duda que los romanos hicieron los muelles permanentes a lo largo del puerto disponiéndolos alternativamente a una y otra orilla, de suerte que donde hubiese muelle en una margen, quedara la otra libre para no reducir demasiado el espacio disponible, con obras practicadas a expensas de la superficie necesaria para las maniobras de las naves. En otro caso, los navíos de mayor eslora no habrían podido revirar dentro del puerto.

El muelle del que se conservan mayores y más importantes restos es un  muro de 62 metros de largo que se halla en el primer tramo del zigzag a partir del Mollet en la orilla derecha.

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Los muelles

Para calcular el vaso del estero a efectos portuarios, ha de tenerse en cuenta las características normales de las naves antiguas. Estas, en general, no eran de eslora considerable. La eslora de un trirreme era de unos 40 metros, su manga de 4 y su desplazamiento unas 232 toneladas. Las naves mercantes eran mangudas y en consecuencia, de menor eslora para tonelajes análogos.

La mayoría de embarcaciones utilizadas en estas aguas no superaban estas medidas , por lo que casi todas ellas podían maniobrar en este puerto. Los muelles de la Albufereta estaban en condiciones de servir para la carga y descarga, con toda comodidad, de entre ocho y diez naves simultáneamente. En síntesis: un puerto importante. “Como consecuencia final – cita Jáuregui – podemos deducir que la Albufereta reunió, tanto por sus condiciones marineras de abrigo, manantiales próximos para la aguada de los barcos y muelles permanentes de sólida cantería”.

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Sin embargo, el tráfico de nuestro puerto sufrió un colapso grave con el inicio de los grandes disturbios y guerras del siglo III entre los aspirantes al trono imperial de Roma hasta que los invasores bárbaros del siglo V, asolaron el lugar y dispersaron a sus habitantes. Abandonada la población, el puerto quedó a merced de los agentes naturales, especuladores y furtivos, que llevaron al abandono de este conjunto de yacimientos y la impunidad para cometer depredaciones y saqueos, tal y cómo se expresa a este propósito el ilustre marino a quien se debe la confirmación técnica del puerto interior de la Albufereta:

“[…] en este remanso de aguas indudablemente tranquilas, una excavación sistemática del vaso del antiguo puerto podría ofrecernos hallazgos interesantísimos de todo orden, pero muy especialmente en lo que a la arqueología naval y a la construcción de puertos se refiere; pero para que estas excavaciones pudiesen ofrecer, no tan solo a nosotros, sino a la posteridad, el ejemplo de un puerto, sería indispensable disponer de unas consignaciones bastante importantes para poner lo que se descubriera a cubierto de las destrucciones, tanto de los elementos como de los profanos; y de no ser así, más vale no emprender obra ninguna, pues a trueque del sacrificio que supone abandonar a otros tan interesantes conocimientos, como parece brindarnos este lugar, creemos  de mayor importancia, el que quien emprenda esta obra pueda hacerlo de forma que quede ofrecida permanentemente, a la admiración y estudio de la Humanidad.”

Nuestro agradecimiento a nuestro gran amigo Robert Arthur y familia por su colaboración bibliográfica para conocimiento de nuestra historia. Víctor Guerra, padre e hijo.

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